Y ahí estaba… congelada en el tiempo

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http://vamiha.comLa luxación congénita de cadera se presenta aproximadamente de 1 a 1.5 de cada 1,000 nacimientos, hace 31 años de un grupo de mil yo fui la elegida; fue hasta los 2 años de edad que me la diagnosticaron cuando mi padre y mi madre me llevaron a consulta por que observaron “algo extraño en mi caminar”, acudí a valoraciones y el pronóstico que daban posterior a la cirugía no fue alentador para papá y mamá, por lo que decidieron parar con todo y que siguiera mi desarrollo así.

Fui una niña feliz e intrépida, ocurrente dice mi mamá, liderando a mis primos en los juegos y travesuras, a mis compañeras y compañeros de salón, me destacaba en los bailes,  corría, brincaba, saltaba bardas, yo no sé si los demás me miraban como una persona diferente porque  nunca me sentí así, recuerdo algunos eventos; como mi baja del concurso de gimnasia porque me estaba golpeando en el entrenamiento constantemente la cadera; un pleito en 5to de primaria entre la maestra de grupo y el de educación física que no aceptaba que saliera en la escolta, me explicaron que él consideraba algo así, como antiestético que yo participara y la maestra Tere salió en mi defensa, yo no entendía el por qué, no lograba comprender el significado del maestro y solo miraba expectante, al final recibí la bandera y aunque no me la aguantaba marché orgullosa con ella.

Fue a los 12 años, cuando todo se me apago, mi mamá se dio cuenta que ya casi arrastraba la pierna derecha al caminar, acudí nuevamente a consulta, el médico me explicó varios procedimientos que podía realizar y elegí cirugía, semanas después entre a quirófano, una enfermera me hablaba mientras me canalizaba, minutos  después me quedé dormida, al despertar estaba mi mamá a lado hablándome para que abriera los ojos, recuerdo que al verla me sonrió y me acarició la frente, su mirada era de preocupación y tristeza, pero en ese momento no me permití registrarla, como no me permití registrar muchas sensaciones más, tenía que ser fuerte me decía, yo podía salir de esto, no me estaba permitido mostrar fragilidad, no me serviría para aguantar el dolor de ver mis piernas atravesadas por un  clavo enorme, el dolor de tener que dejar la escuela para estar en reposo más de 6 meses, el dolor de sentir los filitos de la sierra que a veces se acercaba a mi piel cuando me retiraron el yeso,  cuando empezaron a  mover mis piernas, el regalar mi docena de zapatos porque ahora utilizaría unos especiales, estar en una silla de ruedas, regresar a la escuela en muletas y ya no vanagloriarme por ganar una carrera, quedarme encerrada en el salón porque no me podía mover, el dolor de no poder vivir mi adolescencia como deseaba. Así seguí con mi vida, congelando mis sensaciones en el tiempo, compensado mi discapacidad física con mi capacidad intelectual, me volví experta en relacionarme con personas mayores porque con los de mi edad me era difícil, amenazante;  fui elaborando una máscara enorme de “normalidad” que me llevaba a forzarme a caminar, subir, bajar y llevarle el paso a los demás para sentirme parte de ellos, adaptándome día a día a lo que yo creía que esperaban de mí y enojándome cuando no me sentía comprendida, que cansado fue todo esto, maquillarme para no mostrarme, me encerré, hasta que hace no mucho tiempo exploté.

http://vamiha.comMe puse muy ansiosa, no dormía, lloraba con todo, me sentía sola, poco a poco me fui dando cuenta que el dolor de aquel tiempo, de hace 18 años aproximadamente se estaba descongelando, que la niña que fui me pedía a gritos que la acompañará a vivirlo porque no sabía cómo hacerlo y estaba cansada de estarse escondiendo, yo estaba cansada de esconderme!

Fue ahí sentada frente a mi terapeuta, mientras estaba rumiando, cuando me hizo la pregunta:

Lety, ¿Cómo te percibes frente al mundo?, dulcemente ante mi resistencia, ella respondió, ERES DIFERENTE.

En automático sentí como mis ojos se iluminaron, los abrí tanto y pronuncie soy DIFERENTE!!  Es verdad y un cumulo de emociones me invadieron, soy diferente, porque tengo luxación de cadera, porque no puedo correr, no puedo brincar ni caminar rápido, debo cuidar mi postura la mayor parte del tiempo, no puedo cargar cosas pesadas, cojeo… Seguí recitándome todas mis características, una a una iban llegando a mi conciencia, no es que el mundo no me comprendiera, yo era la que se había aferrado a no mirarme, me reconcilie con mi cadera y pierna izquierda pidiéndoles disculpas por haberles exigido tanto y me entregue al duelo, aquel que estaba pendiente desde hace años; aprendí a no exigirme, comprendiendo que si no lo había vivido era porque no estaba lista, todo llega a su debido tiempo, el mío era ahora. Revise mis fotografías, vídeos y recuerdos, por primera vez me vi caminando claudicante, observé el esfuerzo que hacían mis piernas y cadera para poder desplazarme, mi posición asimétrica al estar parada, la desigualdad en mis piernas, mi zapatote, me estaba descubriendo y al mismo tiempo reconociendo todos los logros que he tenido con mi condición física, eso era reconfortante, vi todo lo que sí puedo hacer, tome mi diferencia, la acomodé y a partir de ahí resurgí, sintiéndome suficiente, mi alma descansaba, estaba asumiéndome.

Salí del caparazón que por mucho tiempo me protegió y de alguna forma también me permitió llegar hasta donde estoy ahora, me quite el maquillaje, la máscara de normalidad;  ahora estoy aquí … descongelada en el tiempo, más viva que nunca, parada frente al mundo conmigo como mi mejor compañía,  me vivo completa, me he transformado y con ello empiezo a cuestionar algunos caminos ya labrados, pensé que el final era aquí, no es así, esto apenas comienza, tras este momento de pausa para resolver mi crisis,  me toca hacer algunos ajustes necesarios que estén en mayor sintonía con mi nueva yo, estoy aquí con mis alas de mariposa ante la vida tomando fuerza para empezar  a volar.

 Psic. Leticia Margarita Carcaño Martínez.

 

 

 

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