Sobrevivir no, vivir sí!

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Entre cuatro paredes, una ventana y una puerta me cuestioné   ¿Qué partes de mí compartirte? Después de un silencio la respuesta llegó, por lo tanto decidí abrirte las puertas de mi historia de vida y compartir un pedacito de mí, de los muchos que forman mi totalidad.

Hoy te hablaré sobre mi forma de como fui contactando con el dolor,  y ese miedo a no querer contactar con mi mundo de sensaciones y emociones.  ¿Quién de nosotros no ha tenido la necesidad de “no sentir”? Caminé entre sombras, la mayoría de las veces sin rumbo, sin nunca dirección, reclamándole a la vida si mi existir tenía algún objetivo.

Ésta es mi historia

Me tocó vivir en una familia disfuncional, un padre alcohólico, violento, una madre sumisa que por años permitió ese mundo de violencia, a mis 7 años quedaron registrados en mi memoria imágenes que me dolía recordarlas,  veía como mi padre golpeaba a mi madre, muchas veces la dejaba sangrado en alguna parte de su cuerpo y tirada en el suelo, a veces ella me miraba llorando, sin decir ninguna palabra, al mismo tiempo expresaba mucho, cuando se manifestaban esos momentos al día siguiente se apoderaba el silencio, algunas veces fingiendo como si nada pasará cuando en realidad muchas cosas estaban pasando y lo peor dolían, y el dolor  era sepultado.

A mis 10 años mis padres se separaron y mi abuela se hizo responsable de mí, al irme yo a vivir con mi abuela, y mi padre no teniendo un espacio propio  porque en estado de ebriedad vendió su casa, tomó como opción irse a vivir con mi abuela. Y en sus estados de alcoholismo  fue seguir viviendo la misma dinámica de la agresión con la diferencia que ahora era dirigida hacia mí de forma directa; mi padre me golpeaba, me insultaba, me amenazaba para pedirle a mi madre que regresará con él, hubo una ocasión que de él recibí golpes con una cuerda para amarrar caballos, comúnmente llamado reata en los pueblos, cesó de golpearme hasta que se cansó, mi espalda lastimada con mucho dolor físico, pero el que más dolía era el emocional.

A esa edad comenzaban a surgir mis  cuestionamientos, entre ellos si realmente así eran todos los padres. Mi mundo de sensaciones y emociones cada vez se manifestaban en mí, desconocía con claridad las sensaciones del miedo, las sensaciones de la tristeza, las sensaciones del enojo, simplemente sabía que mi cuerpo de forma corporal estaba reaccionando, mis manos sudando, mis piernas temblando, mis lágrimas escurrir, mi pecho apretado, mi respiración acelerada, ganas de salir corriendo hasta cansarme y llegar al agotamiento de mi energía, sin embargo todo eso no podía salir con libertad algo lo detenía, si era mi miedo a sentir el dolor mismo que a esa edad yo no comprendía .  Buscaba la forma de deshacerme de esas experiencias corporales desagradables era una  forma de querer evitar mi sentir.

No lograba salir de esa oscuridad, comenzaba a perderme de mí mismo, a no vivirme dentro de mí, si no fuera de mí, me sentía fragmentado desconociéndome por completo, el dolor  me atrapaba, esa resistencia a no quererlo vivir, como si del dolor pudiera huir, no lo quería tocar, con el trascurso de los años  lo convertí en sufrimiento, culpando de todo a los demás, haciéndolos responsables de todo lo que me pasaba, cada vez perdía contacto conmigo mismo, atrapado en el pasado, para comenzar a sobrevivir pero no a vivir.

Olvidé sonreír, olvidé mis sueños, olvidé sentirme libre conmigo mismo, olvidé mirarme, olvidé creer en mí, simplemente me olvidé de mí mismo.

Llegó un momento que a mi vida llego la Psicoterapia, y fue el comienzo para despertarme e  iniciar un nuevo amanecer, un mundo de aprendizajes, una nueva oportunidad no para sobrevivir si no para realmente vivir. Y para eso era momento de entrar a mí, tocar el dolor, abrazarlo, no huir, contactar con mi tristeza, con mis miedos, con mi enojo e incluso les tenía un miedo aterrador a sentir, a conocerme. Sin embargo con la fluidez de mis emociones, comencé a recuperar mi libertad, esa parte fragmentada de mi comenzó la integración, y esas partes dolidas comenzaron a formar parte de mi totalidad, desde el amor, desde los aprendizajes, desde el proceso al camino de la trascendencia.

Recuerdo sus sabias palabras de mi amado Rubén Ibarra que una vez me dijo en mi proceso terapéutico, prefiero un corazón roto, porque sé que ha vivido, y está viviendo mientras que un corazón completo sin ruptura alguna solo esta sobreviviendo.  Y de Sergio Vázquez, con esas palabras llenas de amor, diciéndome no le busques a tu historia ¿por qué a mí? Porque si buscas el ¿Por qué?, solo encontraras porquerías, mejor busca el ¿Para que a mí?, y allí estarán los grandes tesoros que la misma vida te estará haciendo llegar con mucho amor.  Hoy únicamente puedo decir GRACIAS A LA VIDA. Desde allí me enamore de la psicoterapia.

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