¿Se puede falsificar el amor?

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¿Se puede falsificar el amor? Originales, falsificaciones y copias

La pregunta la hacía Virgil Oldman, el protagonista de la película “La mejor oferta”. La formula en un momento en el que, desde su excéntrica soledad y opulenta avaricia, teme poder estar enamorándose de Claire, una misteriosa joven, enfermizamente aislada del mundo, que solo se comunica con él a través de mensajes telefónicos. Él mismo da respuesta a su duda. Siendo un experto en arte, que ha atesorado valiosos cuadros gracias a ser uno de los mejores agentes de subastas de antigüedades, reflexiona en voz alta: “Sí, el amor se puede falsificar si se convierte en una obra de arte”. Y es tan artística la seducción que ella ejerce paulatinamente en la magistral actuación de la actriz Sylvia Hoeks, como el costoso cambio de hábitos que él va haciendo en su vida, hasta sucumbir al “amor” obsesivo que crea en su cabeza.

Toda la película está llena de metáforas que nos incitan a hacernos preguntas: “¿Es el amor una subasta en el que siempre gana el mejor postor? ¿Se pueden falsificar el amor y las emociones? ¿Existe algo auténtico en cualquier falsificación puesto que el falsificador siempre deja alguna huella personal oculta? Una infidelidad, por ejemplo, podría ser una falsificación del amor, tanto para la pareja a la que se oculta o miente como para el o la amante ocasional; se le jura a veces amor en diferido, cuando en muchas ocasiones solo existe el deseo de novedad, la venganza, el reforzamiento de la autoestima o satisfacer necesidades insatisfechas. Hay parejas que curiosamente “se olvidan” el teléfono móvil en casa o dejan el ordenador abierto, justo en el momento en que se recibe la llamada o el mensaje inoportuno. Algunos consultantes me lo han contado angustiados, pero al mismo tiempo aliviados de la culpa y de la tensión que ya no podían mantener por más tiempo. Es como los falsificadores de cuadros que dejan su huella personal, revelando su deseo inconsciente de ser identificados, de reivindicar su autoría y salir del anonimato.

En realidad, no solo puede falsificarse el amor. Se hace con las profesiones en las que supuestos odontólogos o cirujanos, por ejemplo, han estado ejerciendo durante muchos años hasta que se descubre que nunca obtuvieron la formación ni la titulación adecuada. Últimamente florecen en la prensa los casos de políticos o investigadores que copiaron sus tesis doctorales o parte de su investigación, o que incluso se doctoraron a sí mismos, hasta que se descubre el plagio o la ausencia del título académico.

http://vamiha.comMás común es fingir la posición económica, “copiando” a aquellos que sí la ostentan y aparentando lo que no se es con el reloj ostentoso, el coche de alta gama o el crucero de lujo que se pagó a plazos. Igual ocurre con la ropa de marca. En este caso además, es muy frecuente que ni siquiera se “falsifique” la clase social a la que se pertenece, sino que un gran sector de la población, en especial los jóvenes, se copian unos a otros y van cambiando de logo de sus camisas, blusas, pantalones y calzado en función de las modas. Se vuelven copias de originales que se olvidan: podría ser el caso de deportistas o artistas que innovaron en algún momento una forma de vestir, de peinarse, teñirse el pelo o tatuarse el cuerpo.

A una cierta edad, es muy común fingir menos años de los que se tiene, gracias a la aparición de una ingente aparición de cosméticos, dietas, ejercicios de fitness o incluso operaciones quirúrgicas, en detrimento en ocasiones de la auténtica salud. Y hablando de salud, también se fingen enfermedades para obtener una baja laboral o se obtienen certificados falsos o directamente se falsifican. Los inspectores de Seguros podrían escribir largas crónicas de fingimientos y engaños para obtener prestaciones y primas indebidas. Casi se trataría de multiplicar los disfraces de la vida hasta llegar a la paradoja de que casi nadie sea lo que parece o aparenta ser, como se revela en la película comentada.

Sería algo comúnmente admitido en los usos y costumbres sociales. Algo así como saludar diciendo “Qué bien te veo”, cuando en realidad se encuentra uno con alguien a quien no se ve hace tiempo más viejo, demacrado, gordo o triste. O responder “bien, me va bien” a la pregunta “¿qué tal te va?”, a pesar de haber perdido el trabajo, haberse divorciado o tener conflicto con la pareja o los hijos, ser moroso en las deudas o haber recibido un análisis médico preocupante. Y en las comidas familiares o entre amigos, afirmar que la paella está estupenda, cuando está pasada, el asado sabroso, a pesar de haberse chamuscado y haberse pasado de sal, y la tarta casera magnífica con todo su exceso de nata y azúcar… Mentirijillas sociales que se prolongan en las despedidas: “Nos tenemos que volver a ver pronto”…, cuando en realidad se está pensando: “Menos mal que solo es una vez al año y no nos volveremos a ver en doce meses”.

La pregunta en este momento sería: ¿Es que no podemos vivir como “originales” y tenemos que ser permanentemente “copias” unos de otros, falsificando nuestra esencia? O ¿estamos tan lejos de nuestra esencia que hemos olvidado que tras cualquier copia o falsificación tiene que haber una obra original?

http://vamiha.comVolviendo al amor y al cine, en “El diario de Noa” se presenta un amor a primera vista que no tiene explicación ni posibilidades sociales de futuro. Chico pobre y rural frente a chica rica, culta y de familia muy influyente. Hasta aquí todo normal. Si fuera un amor de verano, sería como una estrella fugaz que ilumina momentáneamente el rostro de los amantes, se pierde en los recuerdos evanescentes y se convierte en nostalgia con la vejez. Pero en este caso, el amor obra milagros, y el protagonista escribe 365 cartas desde el frente de guerra; no obtienen respuesta y, a pesar de ello y de que a su vuelta su enamorada está ya a punto de casarse, persiste en su amor y construye con todo detalle la fantasiosa casa de los sueños de ella cuando era joven. Estamos acercándonos a un amor original, pues despierta el alma y la expande. El alma de ambos cuando están juntos.

Otro amor conmovedor es el de una heróica madre británica, Jacquie Jackson, representada en la pantalla por una magnífica Helena Bonham Carter; saca adelante y en solitario a un hijo con dislexia, otro con síndrome de Asperger, otro hiperactivo y con déficit de atención, otro alérgico al ruido, a la ropa y a la luz, a una hija autista y a dos hijas sanas. Toda la película la pasa corrigiendo desastres, vigilando que nadie se dañe ni se pierda y, sobre todo, integrándolos en la vida de la escuela y del pueblo con un alto costo de tiempo y energía, sin rendirse. Puro amor y pura energía en un constante ejercicio de claridad, fuerza de voluntad, constancia y persecución de un ideal: que cuando crezcan no se aíslen, se acobarden ni se consideren raros. Que puedan vivir con sus limitaciones aceptadas por sí mismos y por el resto de los vecinos.

Claro que el amor de una madre o de un padre puede parecer menos meritorio, porque se da por hecho. Pero la mayoría de los progenitores tienen expectativas sobre los hijos y, en ese momento, el amor se convierte en una copia del amor desbordante y porque sí, o incluso en una falsificación, cuando lo que se espera es que los hijos llenen su vacío personal o de pareja o les acompañen en la vejez para no enfrentarse a la debilidad y a la soledad.

Es aquí donde cobra todo sentido las palabras de Eckhart Tolle, que aplica especialmente a la relación de pareja: “Con el concepto de `relación` vienen expectativas, recuerdos de relaciones pasadas y conceptos mentales de condicionantes personales y culturales de lo que debería ser. El ego escoge a alguien y lo hace especial. Utiliza a esa persona para tapar el constante sentimiento subyacente de descontento, de insuficiencia… Por un tiempo, la ilusión realmente funciona. Pero inevitablemente, en algún momento, la persona que has elegido deja de funcionar como tapadera para tu dolor, el odio, el descontento o la insatisfacción. Entonces, surge la sensación que estaba oculta, y se proyecta sobre la persona que había sido elegida. De repente, el amor se convierte en odio, que es una proyección del dolor universal que sientes dentro. El ego cree que esta persona es la causa del dolor. No se da cuenta de que el dolor es el sentimiento universal de no estar conectado con el nivel más profundo del propio ser… No estoy diciendo que el verdadero amor profundo no se pueda presentar de vez en cuando, incluso en una relación normal de amor/odio. Pero es raro y por lo general de corta duración… Siempre que aceptas lo que es, algo más profundo emerge en ese instante. (True Love and Transcendence of Duality en www.eckharttolle.com).

Lo que convencionalmente llamamos «amor» es una estrategia del ego para evitar rendirse. (Eckhart Tolle)

La rendición es la consecuencia de la aceptación. Y la aceptación no puede venir si no se hace un profundo silencio. Un silencio que hable de ti. Un silencio que nos retorne al origen, al original de quiénes somos realmente, abandonando nuestras queridas copias y defensivas falsificaciones. Un silencio de vaciamiento de juicios, temores, comparaciones y creencias. Como botellas de vidrio vaciadas de su contenido anterior, que se hacen más transparentes, que dejan pasar la luz y pueden llenarse del sonido primordial si se sopla dentro.

Entonces puede aparecer el amante, que es una condición, un estado de conciencia-energía manifestada en danza, embriaguez y pasión, que se multiplica y expande cuando aparece el Otro. Entonces, como dice Rumi: “Los amantes envuelven al amor con ternura. Los amantes son el templo del amor. Son el silencio previo a la oración. Para el amante la oración es poesía y la vida devoción”.

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