SALIR DE LA TRAMPA DEL TIEMPO

http://vamiha.com

Uno de los males del siglo XX parece ser la falta de tiempo. Bueno, al menos esa es la queja de muchas personas. Se quejan de no tener tiempo para ver a los amigos, leer, viajar, acabar asuntos pendientes y casi ni para dormir lo suficiente o comer con tranquilidad. Es como si el trabajo, las obligaciones, los atascos y las rutinas hubieran ocupado la mayor parte de su espacio vital. La vida parece así escaparse de lunes a lunes, en una sucesión de eneros que esperan la llegada de los agostos, que a casi todos le sabe a poco.

No hace mucho alguien me decía con tono de admiración: «Te llevará mucho tiempo cuidar las plantas, ¿verdad?». Nunca me había detenido antes a pensarlo, pero la respuesta me salió espontánea: «No creas; menos que hacer la cola para ver un partido de fútbol, o contemplar una tertulia televisiva y sus anuncios correspondientes». Y es que en realidad, siempre se puede sacar tiempo para algo que a uno le interesa de verdad. Todo es una cuestión de prioridades.

http://vamiha.comUna amiga budista me contaba que en su comunidad, al acabar cada año, se hacía una recopilación de las cosas importantes sucedidas en el mundo. Curiosamente ella parecía estar al tanto de la actualidad internacional tanto como yo, que, antes de conocerla, leía el periódico y veía el telediario cada día. Desde que lo hago una vez por semana, he «ganado» ¡cuarenta horas al mes! -algo más de día y medio-, además de ahorrarme los detalles que nos «llenan» el tiempo y nos ocupan la mente.

Con un poco de imaginación, cada cual podría sacar tiempo para leer en los transportes públicos, para ver a los amigos cara a cara en vez de hablarse interminablemente por teléfono, o para lo que quisiera, con sólo revisar las costumbres superfluas o que, en un determinado momento, han dejado de ser satisfactorias. Sin embargo, puede que el problema no sea realmente la falta de tiempo, sino el exceso de deseos y la no aceptación cada !aquí» y «ahora» irrepetible. Queremos hacer demasiadas cosas y demasiado deprisa. Tomamos el café, preocupados por el trabajo que queda por hacer. Resolvemos un asunto, pensando en el siguiente. Empezamos las vacaciones y ya estamos contando los días que nos quedan. Fregamos los platos pensando en la siesta o en la próxima tarea pendiente. Vamos de un lugar a otro sin disfrutar del camino y con la mente puesta en la meta. Todo ello crea un tiempo subjetivo de aceleración, pues como bien sabemos, es el movimiento -físico o mental- el que crea el tiempo.

Aristóteles definía el tiempo como la medida del movimiento según el antes y el después». «Los budistas saben que el presente, el pasado y el futuro » caben en la punta de un cabello» y Einstein vino a darles la razón al formular la teoría de la relatividad: en realidad el tiempo no existe fuera del espacio ni de una conciencia que lo observe, que tome nota de la sucesión de acontecimientos.

Pero si abandonamos las teorías y nos remitimos a nuestra experiencia, todos tenemos la experiencia de horas que parecen siglos y de días que se pasan en un vuelo; de semanas de las que no parecemos enterarnos y de minutos que se nos han hecho una eternidad. Y todo depende de cosas tan sencillas como si nos duele o no una muela, si estamos enamorados, si esperamos una buena o una mala noticia o si nos entusiasma o aburre nuestro trabajo. Es decir, de nuestro estado de conciencia y energía. El tiempo «se estira» cuando ponemos nuestra atención plena en el instante, en cada cosa que hacemos; cuando podemos inspirar y espirar profundamente con plena conciencia, cuando no dejamos vagar la mente en fantasías. Es así como, a veces, en una sesión de una hora de terapia, puede revivirse y comprenderse toda una vida, y media hora de meditación puede ser toda una eternidad gozosa.

Como metáfora del lento transcurrir de las horas, me viene la imagen del gato tranquilamente tumbado en el alféizar de la ventana con los ojos semientornados: no parece hacer nada, pero no deja de hacer lo necesario; no parece enterarse de nada, pero nada significativo se le escapa; aparenta dormitar, pero salta al instante, si se le cruza un desprevenido ratón.

 

Aprovechemos el tiempo a la manera del wu-wei taoísta:

hacer, sin hacer. O, hacer relajadamente, sin pensar en la meta, la recompensa y el fin. Les prometo que el tiempo se nos estirará como en esas lánguidas tarde estivales de ocasos interminables, logrando lo que algunos chamanes llaman «parar el mundo». Cuando la mente se detiene, el universo entero flota en un eterno Ahora.

Alfonso Colodrón

Please follow and like us:
error
  Subscribe  
Notify of