PAX VOBISCUM. LA PAZ ESTÉ CON USTEDES.

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“La ley del cosmos consiste en beneficiar a todos y no dañar a nadie. La vía del sabio es trabajar para todos y contra nadie luchar”.

Lao Tsé, Tao Te Ching, Capítulo 81.

Suenan tambores de guerra en la lejanía y vuelven a repicar en nuestro entorno, nuestro país, nuestra ciudad, nuestro pueblo, nuestro barrio. A veces en nuestra misma calle o en nuestra vecindad somos testigos de violencia, amenazas, miedo, ruido y furia. Periódicos y telediarios continuamente nos informan de crueles guerras, que a veces se llaman  eufemísticamente “conflictos”: Somalia, Etiopía, Palestina, Israel, Siria, Burundi, Nigeria, Sudán, Birmania, Afganistán, Yemen. Y nos parecen lejanos. Más cerca nos suenan las “guerras” contra el narcotráfico, la trata de personas, la corrupción, la discriminación racial, de género o de opción sexual, el hambre y la pobreza seculares….

Sin embargo, todos anhelamos la paz. Los Papas, los premios Nobel, muchos presidentes de gobiernos, Naciones Unidas… hablan continuamente de paz. Se escriben encíclicas “Pacem in terris”  (Juan XXIII, 1963); los premios Nobel de la Paz muestran sus buenas intenciones (dudo que lo mereciera Kisinger, que prolongó deliberadamente la guerra de Vietnam); la ONU decreta en 1981 que se celebre el tercer martes de cada septiembre el Día Internacional de la Paz. Veinte años después (2001), aprueba que sea el 21 de septiembre, y que ese día se haga alto el fuego (muchos países desoyen la resolución, a pesar de que se aprobó por unanimidad).

Día Internacional de la Paz.

Catorce años después, se aprobaron los 17 objetivos de desarrollo sostenible, porque se dieron cuenta de que la paz tenía que ver con solucionar también realidades tan urgentes y necesarias como, la pobreza, el hambre, la salud, la educación, el cambio climático, la  igualdad de género, el agua, el saneamiento, la electricidad, el medioambiente y la justicia social.

Y esto nos lleva a reflexionar y mirar hacia adentro. Ya hemos pasado los tiempos de los romanos, cuya máxima era “si quieres la paz, prepara la guerra”, por aquello de “quien pega primero, pega dos veces”. La pax romana era impuesta mediante acuerdos según las condiciones que Roma imponía o, más frecuentemente, por medio de  la conquista. Por eso utilizaban el verbo “pacare”, que significa “pacificar”. Parece que muchas veces olvidaban otro verbo “pacisci”, que significaba “acordar”, “hacer un trato”, de donde deriva nuestra palabra “pacto”.

Si nos remontamos al indoeuropeo “pag” significaba “unir”, “arreglar”. De esta raíz han derivado los verbos griego pegnymi y latino pangere, que significan “fijar”. En el antiguo alemán, “fuogan”  y antiguo inglés, “fegan” era “unir”. (Hoy día en alemán “fügen” significa “adjuntar”). La paz en el inconsciente colectivo occidental estaría ligada, pues, a una idea de unir, fijar lo disgregado, arreglar lo que se ha estropeado, fundamentalmente en las relaciones humanas.

Si dejamos de centrarnos en la civilización indoeuropea, la palabra shanti, bien conocida por los practicantes del yoga por el mantra Om Shanti (Om Paz), conlleva una connotación de serenidad, sosiego, paz interior, pues el conflicto está dentro de cada uno de nosotros. Si ni un solo humano tuviera un solo conflicto interior, sería imposible que se produjeran guerras, querellas y disputas. A título de anécdota, Shanti es un nombre muy extendido para mujeres, lo mismo que Paz, Concordia, Mira, Irene, Frida, Serenity, Salomé….. Todo a nuestro alrededor son recordatorios de paz olvidados. Pero las palabras tienen la virtud de sobrevivir al tiempo en el corazón y en la memoria, cuando son portadoras de sueños, de y aspiración, de verdad y de vida.

La mayoría de las personas que acuden a terapia no están trastornadas. Simplemente perdieron hace tiempo la capacidad de la palabra, de la palabra creadora que puede modificar su vida y su entorno, porque se creyeron el relato de sus vidas y del mundo que la familia y el entorno social les impusieron. Necesitan recuperar la palabra sanadora, esa por la que «una rosa es una rosa es una rosa» y no un sucedáneo de plástico aromatizado; la paz interior es la armonía entre uno y el entorno y no el comulgar con ruedas de molino. Es necesario recuperar esa palabra nueva que modifica la realidad.

Y es aquí donde podemos reapropiarnos de la palabra y utilizarla como escudos de paz, volviendo, con esperanza, a los versos que Blas de Otero escribiera desde la nostalgia de su exilio parisino: “Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tuve, como un anillo al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”.

http://vamiha.comUna sociedad pacífica es aquella en la que la justicia y la igualdad están al alcance de todos. Y siempre, para alcanzarla ha sido necesaria la palabra, la denuncia, la reivindicación; en definitiva, la libertad de expresión. ¡Cuánta represión y cuánto silencio por miedo! ¡Cuántos periodistas asesinados por investigar y contar la verdad!  Son las actitudes y la acción, no los discursos ni las buenas intenciones, las que generan nuevas realidades. Sin embargo, en terapia humanista, gestáltica y transpersonal, ponemos el acento en de dónde parte el hablar y el actuar; cuál es la motivación. Por ello, volvemos a Lao Tsé, que recomienda cosas sencillas y, de sencillas, difíciles de practicar por falta de hábito: “No sobreestimes a las personas con estudios y contribuirás a disminuir la envidia, la rivalidad y el resentimiento. No sobrevalores los bienes escasos y contribuirás a disminuir la codicia, el robo y la corrupción. No exhibas los bienes que provocan el deseo de obtenerlos y verás cómo los ánimos y el corazón se serenan”.[1]Parece sincrónico que sea martes el Día de la Paz, y que durante veinte años fuera también en martes. Gerardo Schmedling, pedagogo filósofo y guía colombiano, fallecido en 2004, recomendaba unas decisiones que podían tomarse cada día de la semana al iniciarlo. Para los martes escribió: “Hoy martes me propongo responsabilizarme. Hoy me responsabilizaré totalmente de mi vida. Me adueñaré de todas mis decisiones y, siendo yo mism@, no culparé a nadie ni tampoco a las circunstancias de sus resultados. Vigilaré todos mis pensamientos, sentimientos y emociones, y asumiré que soy yo quien las genera y no lo que sucede a mi alrededor ni lo que los demás hacen o dejan de hacer. Por ello, aceptaré únicamente aquellos pensamientos que me traen paz y armonía y felicidad”.

Es difícil luchar contra los pensamientos. Toda lucha es salir de la paz. Sin embargo, sí es posible dejar de alimentarlos. El mejor modo es tomar perspectiva, y no solo una perspectiva espacial o temporal. Es necesario ponerse a la escucha de lo que nos trasciende. A la escucha de la Vida, de la Naturaleza y del Universo. ¿Acaso se nos ha olvidado que somos polvo de estrellas vagando por dimensiones, en las que espacio y tiempo se funden y desaparecen? El vasto infinito nos trasciende y se concentra en el minúsculo punto en el que nos encontramos. Aquí, Ahora, que es donde el amor mora[2].

ALTAO.  (Alfonso Colodrón Gómez-Roxas)

[1] Versión personal, publicada en “Tao Te Ching al alcance de todos. El libro del equilibrio”, capítulo 3, pág 34, Editorial Edaf, Madrid. (En México: Algaba Ediciones S.A. de C.V., Calle 21 Poniente, 3323, Colonia Belisario Domínguez, Puebla, 72180, Tel. 52 22 22 11 13 87, Jaime.breton@edaf.com.mx).

[2] Recomiendo vivamente escuchar la canción de Melendi “Como el agua y el aceite”.


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