NUESTROS MAESTROS LOS VIEJOS o ¿qué me haré hoy para cenar?

Sí, ya sé que actualmente la palabra «viejos» parece tener una cierta connotación peyorativa. Hoy día nadie habla de viejos; se ha convertido en un término vergonzante, en una Era de culto a la juventud; por ello, se prefiere los términos «jubilados» o «tercera edad». Paradójicamente, todos queremos llegar a viejos, pero lo más tarde posible.

Sin embargo, en otras épocas históricas, o incluso en culturas actuales menos mercantilistas que la occidental, la vejez ha sido siempre el depósito de las tradiciones y de la sabiduría de la comunidad. Pero,

¿de qué valen la experiencia y la sabiduría acumuladas a lo largo de una vida y de varias generaciones, si no tenemos oídos para escuchar ni ojos para mirar? ¿Quién se da tiempo para escuchar a los viejos?

 

Cuando murió mi abuelo paterno, yo tenía cuatro años. Cincuenta años después, comprendí que esa fue mi única y verdadera orfandad. Orfandad irremediable de abuelos, ya que a mi abuela paterna no la conocí, pues había muerto cuando mi padre era todavía un niño. En cuanto a mis abuelos maternos, vivían a 7.000 kilómetros de distancia y eran una especie de presencia mítica, o más bien una ausencia lamentada, en una época en la que la mayoría de mis compañeros tenían abuelos en su familia, pues todavía no se habían inventado las «residencias de la tercera edad» ni a nadie se le ocurría enviar a un abuelo al «asilo».

Toda mi vida he buscado el arquetipo del «ancian@ sabio@» intentando suplir esa carencia de abuelos. Tal vez, por ello, haya desarrollado una actitud de profunda escucha y admiración hacia cuantas personas de edad he encontrado en la vida. De la mayoría he aprendido algo; muchas

fueron puntos de referencia en las obligadas etapas de desarrollo del arte de vivir; unas pocas han sido auténtic@s maestr@s, como ejemplos de tolerancia, paciencia, profundidad y, sobre todo, en la ciencia de distinguir lo central de lo periférico, lo esencial de lo accidental.

No es de extrañar: la vejez implica una mayor proximidad a ese tabú llamado muerte. Quienes tienen ésta más presente empiezan a vivir de otro modo los encuentros que antes parecían triviales y a disfrutar con más intensidad los pequeños placeres que anteriormente parecían eternos.

Se ven obligados a acercarse más a su propio cuerpo, que generalmente tanto descuidamos, porque sus mensajes se vuelven ahora más perentorios.

   No se trata, por supuesto, de idealizar, la vejez.

Puede ser una época en la que las pérdidas existenciales superen las ganancias, los achaques se conviertan en el único tema de conversación y en la que quienes la viven como un padecimiento se conviertan en víctimas de las ideas preconcebidas y de los estereotipos sobre cómo se supone que debe ser y actuar un viejo. Y esto, porque la vejez, además de ser consecuencia de un proceso biológico y psicológico es también una construcción cultural: una persona es vieja cuando los demás así la consideran y ella se lo cree. La actitud social generalizada de sobreprotección hacia los ancianos contribuye a aumentar su sensación de inutilidad, cuando el hecho es que el 80% de las personas mayores disfrutan de salud suficiente para llevar a cabo sus actividades cotidianas. Es bien sabido que sentirse útil y solicitado siempre ha sido una de las mejores vacunas contra el envejecimiento prematuro del espíritu.

En las culturas tradicionales, las personas de más edad siguen desempeñando funciones de transmisión de conocimientos. Así, por ejemplo, entre los Herero de Botswana y Namibia, las mujeres mayores se dedican a la crianza de los niños, conservando de este modo un estatus importante en el grupo social. Sin embargo, en la sociedad tecnológica actual, los conocimientos científicos y técnicos que escapan a la mayoría de las personas mayores han sustituido a la experiencia. Un nieto podrá aprender de su abuelo o de su abuela una cierta filosofía de la vida, pero éstos se verán absolutamente perdidos ante los tecnojuegos, la informática, el nuevo enfoque de la ciencias físicas o, simplemente, los cambios, para ellos vertiginosos, de la moral social.

Los abuelos pierden así su voz propia cuando nadie quiere escuchar sus «batallitas», y pasan a ser para algunos una especie de personajes decorativos que hay que cuidar.  Sin embargo, nuestros mayores son historia viva y, por tanto, depositarios y guardianes de nuestra memoria colectiva: han vivido hechos y conocen oficios y tradiciones cuya pérdida supondría un empobrecimiento de nuestro futuro inmediato y del horizonte de nuestros hijos. Como escribió el poeta y místico Jalil Gibrán,

«la vejez es la nieve de la tierra; a través de su luz y de su verdad debe proporcionar calor a las semillas de la juventud que le sucede, para protegerla y hacerla realizar su propósito».

La vejez es el espejo fiel de nuestro futuro. En él se reflejan tanto nuestras ansiedad y miedos como nuestra sabiduría y compasión. Un proverbio chino nos recuerda sensatamente que

«Como trates a tus padres y abuelos, así te tratarán tus hijos y tus nietos».

El conocido guía espiritual Ram Dass, que en su juventud fue uno de los pioneros de la investigación de estados modificados de conciencia, decidió hace unos años volver a vivir con su padre, porque consideró que ninguna tarea social ni espiritual se igualaba al cuidado de los progenitores en sus últimos años de vida. Sé quién ha salido ganando. Cuando acudo semanalmente a casa de mi madre, que con 86 años está llena de vitalidad y de proyectos que lleva a cabo con una energía envidiable, no tengo sensación de estar sacrificando mi tiempo ni de estar entregándome a un deber filial, sino más bien la certeza de aprovechar de su sabiduría los frutos maduros de quien contempla la vida desde lo alto de la montaña, pero no por ello deja de recorrer día a día los valles de la cotidianidad.

En esta época disminuye el número de incertidumbres, posibilitando el aumento de la sed del alma y el acercamiento a la cima de la realización, que en cada cual adopta unos rasgos y un aroma únicos. Si se viven estos hechos conscientemente, la senectud es como llenar una copa hasta rebosar o hacer que el árbol ofrezca hasta su última fruta. En este caso cualquiera puede suscribir el título de las memorias de Pablo Neruda: Confieso que he vivido.

   Todos conocemos ancianos felices. No tienen tiempo de morirse, porque todavía les quedan decenas de planes por cumplir y de ilusiones por vivir. No pierden el tiempo en quejas, porque saben que el tiempo perdido nunca regresa y han llegado a la convicción de que el presente sólo es intenso cuando no se añora el pasado ni se teme ya el futuro.

Es entonces cuando, como decía el filósofo y místico Kierkegaard, es posible volver a preguntar al acabar el día con la inocencia de un niño

 «¿qué me haré hoy para cenar?».

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