La voluntad de saberme yo mismo

Tengo en frente de mí un mueble blanco, en él algunos libros, un florero y unos cactus; a la mitad de ese mueble se encuentra  una  maceta con unas hojas hermosas, una pecera que no precisamente tiene peces,  pero que sí tiene agua, unas piedritas y un  bambú que se ve grandioso formando parte de ese espacio. Entre la pecera y la maceta puedo ver un Ángel sentado sobre una esfera, tiene una mirada fija dirigida hacia un punto determinado, mi mirada puede ver que más arriba de donde está ese ser celestial están dos lámparas, pienso que si yo las encendiera podrían regalarme una luz que en momentos podría ser poli cromática. Un poco más allá  se encuentra una veladora aromática color azul, imagino su aroma y sé que todo expandiría si la encendiera, entonces mi olfato empezaría a deleitarse y quizá hasta tendrá antojo, porque es olor Malvavisco, mmm, empiezo a saborearme.  Quizá ustedes se pregunten ¿Por qué razón me cuenta todo esto?

Les diré, es que creo que con esta descripción puedo decirles que para mí así es el amor, no se rían, sí, es tan grande que puede expandirse a toda distancia.

De manera continua me pregunto qué es el amor y de qué maneras es que me lo han demostrado. Un suspiro empieza a crecer y sale de mí, siento como si mis  palabras se me escaparan, y aunque no lo crean muy cerca, en mi computadora veo escrita la palabra AMOR, y aunque son pocas letras la sé gigantesca. Puedo hablar desde mi historia personal, así que ese vocablo es plurisignificativo, a veces significó callar mi sentir para no lastimar a las otras personas, y durante mucho tiempo lo hice, sacrificarme por los demás olvidando mis sueños,  mis necesidades,  estar en algunos lugares aun sin querer estar pero siempre en nombre del amor. Necesitaba tener satisfechos a los demás, porque esa era una forma de amar y pensaba que para pedir que me amaran tenía que convertirme en la víctima, y así la persona o las personas me mirarían. Sí, ya sé lo que están pensando: Un horror ¡Qué horror verdad!

Era toda una vorágine de frases que me iban ahogando, típicas frases como si realmente me amaras no harías esto, no harías aquello, sacrifica algo, ¿lo vale no? Yo entonces era un total creyente al pensar que si me sacrificaba por mi familia era una innegable muestra de amor, así al llevar al pie de la letra todas las expectativas de mi familia, amigos y pareja, daba por sentado que realmente los estaba amando. No quería quedarme solo, tenía miedo, así que asumí que a una pareja sea como ésta sea se le tiene que amar, que los hijos se traen al mundo para que vengan a cuidarnos y deben agradecer a sus progenitores. Entiendo que puede leerse impresionante, pero con todas esas formas de amar aprendí lo que los demás querían, no lo que yo en verdad deseaba.

Hoy he aprendido que no está bien que para amar a los demás yo tenga que hacer todo lo que me piden y no quiero, que si mi relación se volvió toxica es mejor culminar con ella y que suplicar que alguien se quede no es efectivo, si no nocivo, que no tengo que culparme de todo lo que pase en una relación, pero sobre todo que no se vale victimizarme.

Y si por años viví en toda una maraña de confusiones y con múltiples oraciones que iban de un lado a otro en mi cabeza hoy ya no, sé que mi felicidad no la felicidad del otro, que nadie es mío, que la posesión no es sana y que jamás, jamás debo hacer todo por tener en un estado satisfactorio a aquel o aquella persona que me lo exige. ¿Cómo llegué a eso? Bueno, nadie me hablo de mi amor propio,  de un amor que no implique autodestrucción, de mi propia esencia o de hacer las cosas no por amor pero sí con amor, y eso créanme es una enorme  diferencia  verdad.

Nadie me enseñó que para amar necesito amarme a mí mismo, para que así yo pueda compartirme con amor, que no significa desbordarme por amor, vean a su alrededor y muchos aman desde sus vacíos; el amor es el encuentro entre dos seres completos, que están dispuestos a amar con sus propios límites y desde el reconocimiento mutuo de sus diferencias, el amor es una elección. Abro los ojos y ese mueble sigue ahí, como mi voluntad de saberme yo mismo.

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