La niña que soy

La primera vez que hice un ejercicio de regresión para entrar en contacto con mi niña interior fue hace ocho años cuando estudiaba la maestría en Psicoterapia Gestalt, éramos alrededor de 70 personas y nos encontrábamos en un enorme salón, la inducción del ejercicio nos había llevado a ubicarnos en nuestros años de preescolar; me convertí en mi niña en ese momento, busqué a otras niñas y me puse a jugar: a la comidita, a las muñecas, a platicar sentadas en el suelo. Cuando de pronto, llegó un niño a patear todos nuestros juguetes, tiro las tazas y platos en los que mis amigas y yo servimos tan amablemente los té y postres, pateo las muñecas que hacían las veces de nuestras hijas, porque efectivamente, todas estábamos jugando a ser madres; aún tengo presente la sensación de frustración y enojo que experimente en ese momento, fui la única de las niñas que se levantó de su lugar y fue tras ese niño que había arrebatado contra nuestro juego, lo seguí con la intención de golpearlo, de desquitar el coraje por aquella afrenta, cuando sin darme cuenta, los refuerzos de aquel niño habían llegado, ya me tenían rodeada y uno de ellos aprovechó que caí al intentar dar un golpe para jalarme de los pies y arrastrarme unos cuentos metros, marcando de esta forma la indiscutible superioridad del equipo de los niños. En ese momento sentí que no tenía caso seguir luchando, y aclaró que no era por falta de ganas, sino por la evidente ventaja que aquella tríada de niños me llevaba, eran más fuertes y ágiles que yo, sabían pelear y esquivar los golpes, mientras que yo solo contaba con el ímpetu que da la emoción cuando se tiene a flor de piel.

Quienes me leen tal vez se preguntarán, ¿y a que viene todo esto?, pues bien, les cuento, en ese momento no pasó más, yo me quedé con la idea de que

“los niños son pesados y agresivos» y “las niñas somos educadas y tranquilas»

Los estereotipos masculinos y femeninos en todo su esplendor.

Años más tarde, cuando nuevamente me encontré en la oportunidad de volver a vivir este tipo de ejercicios me di cuenta de que todo iba mucho más allá de los simples estereotipos, me di cuenta del patrón de violencia normalizado en el juego de “molestarnos” entre niños y niñas, y caí en cuenta en que este tipo de interacción se había repetido en todos mis años de infancia y adolescencia, Incluso en parte de mi vida adulta, desde niña crecí con la idea de que tenía que “pelear» contra los niños porque somos dos equipos opuestos, y a pesar de que siempre he tenido más amigos que amigas, permanece en el fondo la sensación de que se trata de equipos contrarios, al menos así lo fue durante muchos años, hasta que me di cuenta de cómo esta idea vivía en mi inconsciente y de alguna manera determinaba mi actuar, entonces decidí hacer las paces con ellos y ahora en realidad la llevamos de lo mejor.

Por otra parte, descubrí también una sensación que me ha acompañado a lo largo de mi vida y que puedo reducir en dos palabras “soy torpe”, soy torpe para saltar, correr, patear, y todo lo que tenga que ver con movimientos enérgicos y rápidos, es decir, todo lo que en mi infancia puedo identificar como “juegos de niños”, de alguna manera crecí con la idea de que a las niñas les está prohibido el juego físico, las niñas no se revuelcan, no juegan a correr, a patear, a trepar, las niñas no merecemos el placer del movimiento de nuestro cuerpo, las niñas somos torpes y por eso no podemos jugar a todo esto. Aclaro que, al menos que yo recuerde, nunca se me dijo “no hagas esto o aquello”, sin embargo, tampoco se promovía que lo hiciera, y recuerdo los constantes “cuidado, te vas a caer” cuando me aventuraba a intentar alguna de estas hazañas, así que creo que aprendí muy bien que efectivamente me iba a caer, reforzando con ello la idea de “soy torpe”.

Estos son solo algunos ejemplos que les comparto de mi darme cuenta y mi niñez, aprovechando que recientemente se ha celebrado el Día del Niño, así como estos, estoy segura de que podría contarte muchos más, así como estoy segura de que tu tendrás los propios, ¿por qué te los comparto? la razón es simple, mucho tiempo de mi vida invertí en ser consciente de cómo había crecido, de los introyectos que impactaron en mi estilo de vivir la vida, analizando esto y aquello que hicieron o no hicieron mis padres y todos los adultos importantes en mi vida, el contexto social y cultural en el que crecí, incluso mis raíces como Oaxaqueña, sin darme cuenta de que todos esos saberes se volvían vacíos cuando no hacía nada con ellos, Freud decía “La infancia es destino” y creo que sin darme cuenta así lo viví durante algún tiempo, ahora veo las cosas de forma muy diferente, soy consciente de cómo crecí y cómo me viví de niña y esto me permite darme cuenta de lo que me quiero dar ahora como adulta.

Usualmente se ensalza la niñez como aquella etapa de felicidad absoluta, como aquella época en la que todo era maravilloso y podíamos correr y brincar sin mayor consecuencia, en donde todos éramos espontáneos, creativos, abiertos, etc, etc, etc, pero la verdad es que no siempre es así, he descubierto que fui una niña reservada, tímida, demasiado obediente y hoy utilizo esto para convertirme en la adulta más espontánea y divertida que puedo ser, si miro hacia atrás, veo con amor a la niña que fui, pero si me dieran a elegir, me quedo con la niña en la que me he convertido.

A veces pensamos que estar en contacto con nuestro niñ@ interior nos traerá alegría y paz, pero la verdad es que no siempre es así, a veces conviene más reconciliarse con el niñ@ que fuimos para convertirnos en el niño que deseamos ser

¡Abraza con amor a tu niñ@! es tu historia, tu vida y sigue adelante convirtiéndote en el niñ@ que te haga mas feliz, al final de cuentas eso es lo que realmente importa.

Con amor, Marlencita de 34 años 😉

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