El dolor invisible atrapado en la armadura

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Por Alejandro Catalán Alarcón

Hay acciones muy presentes en mí; gritos, Insultos, cachetadas, golpes con el puño, con cuerdas, con cables, con las ramas más delgadas de los árboles del guayabo…sí así era golpeada mi infancia. Así que ésta en lugar de esta llena de alegrías, disfrute o gozo, se fue convirtiendo en indiferencia, en dolor atrapado y en miedo.

Ya me sabía de memoria eso de que los hombrecitos no lloran, los hombrecitos se aguantan ante todas las acciones que hacen los adultos, y si por alguna razón las lágrimas escurrían por mis mejillas, llegaban a mí más insultos: Pareces marica, qué eres niña, solo ellas son las que lloran; o bien, venían como en cascada palabras como si te golpeo es porque me importas, si te digo que eres un pendejo o un inútil es para que reacciones y te pongas cabrón, lo que quiero es que te hagas un hombre.  Sin embargo, si no lloraba creían que no dolía y si lloraba un ¡cállate! explotaba, luego de un …y síguele y tendrás más motivos para seguir llorando.

Ahora con el paso del tiempo, es como si volteara y pudiera ver a ese hombrecito conteniendo su rabia, porque si la expresa sabe que le irá peor, o bien, les faltaría el respeto a los adultos; y ahí viéndolo me pregunto ¿Acaso los adultos no le faltan el respeto a la infancia de ese niño con tanta violencia? La impotencia de no tener la libertad de expresarse la veo en sus ojos, queda reprimida con toda esa energía contenida en su cuerpo.  Cuestiono ¿Qué pasará después?… Veo al niño y me veo.

Entiendo que si alguien de ustedes lo vivió o han visto que alguien pasa por ello sabe que viene después una tremenda confusión, acompañada de ese desánimo de ver la vida como algo maravilloso, todo pasa a ser terrorífico, doloroso, gris; algo tenebroso porque surge el miedo y la desilusión se hacen presente, el amor no está por ningún lado y todo se ve en solitario.

Por lo tanto, para poder hacer frente a tanta violencia, al temor, al dolor físico por los golpes recibidos y el dolor emocional durante mi infancia me fui colocando una armadura que con el paso del tiempo se fue oxidando, y aunque sé que pudo quedarse de por vida adherida a mí, me arriesgué y con trabajos y varias herramientas la quité de mí y de lo que soy.

Deben saber que mientras usaba esa armadura quise verlo como un disfraz, así que en algún instante esa armadura gesticulaba y reía, era una risa constante, de tal modo que reía en lugar de sentirme lastimado, reía cuando quería llorar; una carcajada explotaba al hacer contacto con el enojo o con el miedo. Les diré que esa armadura era tan poderosa que, si llegaba a mí un golpe, yo pensaba: Venga, dame otro, mira, no me duele, golpéame más, no me lastima, golpea más fuerte, anda, hazlo hasta que te canses… y después de esos golpes y de esa forma de retar, me repetía con todas mis fuerzas No vas a llorar, no les daré el gusto de verme sollozar. Todo era un ciclo y se repetía tanto que se vuelve tan normal; esa armadura cada vez se volvía poderosa y de más resistencia, pero, ahora lo sé, ahí también se van quedando atrapados los miedos, las inquietudes, el daño, el enojo, la tristeza, las desilusiones y el llanto. Claro que toda esa violencia que se incrustó en la infancia y en la adolescencia, se ve reflejada en la edad adulta y si no se logra entender o se permite sanar se vuelve un ente nocivo y va carcomiendo más y más el interior de cada uno de nosotros.

Sí, la violencia puede dar pauta a toda una maraña de insatisfacciones en la edad adulta

Responder a la vida con violencia, manifestarme con violencia, con desagrado, con idea de que nada complace, nada es gozoso, y claro mientras se mantenga la armadura aun en la adultez según se piensa: yo creo que estaré bien, pero créanme, a la defensiva de los demás. Esto sucede porque uno piensa que esas manifestaciones violentas seguirán y seguirán aun cuando ya se haya crecido, entonces los fantasmas se harán presentes si es que no se dejan libres. He entendido que uno no puede hacerse víctima eterna o bien no querer comprender lo que surja alrededor de uno. La armadura determinar su permanencia en nuestro cuerpo y en nuestra alma, si la seguimos manteniendo y así seguir siendo víctima, pero ahora de nuestra propia agresión, porque al no soltar, al no dejar atrás el rencor es agredirnos, es violentarnos y mientras no se rompa o deseche esa armadura, esa misma impedirá conocernos  y amarnos, no seremos capaces de dar y recibir amor.

Para soltar todo eso que quedó atrapado y que necesita ser liberado, necesitamos emprender una travesía hacia el mundo interno, conocer nuestros demonios, esos a los que les hemos dado vida, estar al tanto nuestros miedos, identificar y expresar nuestro enojo recordándonos que tenemos todo el derecho de sentirlo y aprender a manejarlo, estar al tanto de nuestras tristezas, darle la bienvenida a nuestras  lágrimas reprimidas y asumir que con la violencia nos sentimos lastimados.

Cuando nuestra armadura se mantiene por años, aun cuando somos adultos, olvidamos sentir, amar, ser amados, olvidamos el placer, olvidamos conocernos, olvidamos cuidarnos a nosotros mismos, olvidamos sentir la plenitud. Mientras no la desprendamos y no sanemos esas heridas volveremos a violentarnos y a violentar a los demás y tengan por seguro que nunca seremos libres.  Por esa razón te invito a llevar a cabo una reflexión, recuerda que nadie mejor que tú eres el indicado para elegir sanar. Se necesita sanar lo que no vemos, pero que sabemos que allí está para poder lograr nuestra libertad. Ve al camino de tu propio encuentro aun a pesar de que esto implique tocar tu propio dolor.

¡Pero no crean que ahora ando del todo mal eh!, me he dado cuenta que al vivir con violencia durante mi infancia pude dar con la pregunta:

http://vamiha.com¿Qué me dieron con lo qué no me dieron?  Y mi respuesta fue que logré visibilizar el camino para mi propio encuentro. 

 

Y tú, por qué no buscas esa pregunta o si quieres responde ¿Qué te han dado con lo que no te han dado…?

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