El día que le prometí no volverla a ver.

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El día que le prometí no volverla a ver ella me miró con sus hermosos ojos café esperando que alguno de los dos diera el paso esperado para sellar la despedida con el último beso. Pero ese beso no llegó nunca sino que se transformó en lágrimas de parte de los dos. Me tomó de las manos y con un tono suplicante me pidió que no me fuera; "yo quiero seguir formando parte de tu vida, quiero que estés en mi vida".

Cuando ya no puedes ser parte de la vida de algunas personas.

Nos despedimos mirándonos una última vez. Igual que un lugar común hice lo que cualquier hombre con un ego herido haría; beber hasta el cansancio. A pesar de haber tenido otros amores, nunca había sentido tanto dolor como con ella. Fueron días de bares, de fiesta y de euforia fingida para poder soportar el dolor, para poder sonreír, fingiendo que no pasaba nada cuando en realidad pasaba todo.

Y precisamente pasaba todo porque ella para mi lo representaba, al menos en ese momento. Pero ninguno podía ser parte de la vida del otro porque la relación se transformaba en algo tóxico, en idas y venidas, en infidelidades innecesarias y frívolas y afectaba el desempeño laboral de ambos, que por si fuera poco, nos obligaba a encontrarnos en el mismo lugar, todos los días. Dejé de tener interés por ir a trabajar o laboraba todos los días con miedo y con la cautela reciclada de una persecusión de película de domingo para no encontrarnos.

Dicen que por amor haces cualquier cosa. La única forma en que ambos podíamos estar bien y sobrevivir era que alguno de los dos se fuera, sacrificándolo todo. Y la persona que lo hizo fui yo. Entonces le prometí que no nos íbamos a ver nunca más.

http://vamiha.comUn camino de aprendizaje.

Me fui de todos los lugares que me recordaban a ella y comencé una vida nueva fuera de todo lo que conocía. Lejos de comenzar a progresar me di cuenta muy tarde que mi ego herido había hecho una rabieta de forma innecesaria y que mis patrones en cuanto a la elección de pareja tenían que ser revisados. Dicen que nosotros no amamos a las personas, sino amamos cómo esas personas nos hacen ser y nos hacen sentir. Por eso lo dejé todo, porque para mí, al menos en ese momento, ella me hacía ser y sentir todo.

El primer aprendizaje que tuve fue conocerme a través del amor que yo podía sentir hacia alguien. Ese objeto de deseo que luego desapareció de mi vida me dio la oportunidad de replantearme a mí mismo desde el desamor y desde el haber perdido aquello que yo amaba y sobre todo, analizar la forma en que mi ego fue destrozado

El segundo aprendizaje vino de "La separación de los amantes" de Igor Carusso. El libro me mostró que el duelo que estaba viviendo no solamente resaltaba mi dolor, sino mis carencias y mis propias máscaras y por sobre todas las cosas, que las expectativas que yo había construído sobre la chica en cuestión eran solo mías, tan egoístas e incluso infantiles como la forma en la que me fui, igual que un niño que hace una rabieta en medio de un super mercado por no poder comer el dulce que desea en ese instante. Allí empecé a movilizar mi psique y a analizar cada una de mis máscaras, no para comprender porque la había perdido, sino para entenderme a mí luego de la pérdida, en un examen profundo que la experiencia del duelo me planteó y al que pude acceder con honestidad y valor.

El tercer aprendizaje llegó desde el dolor. Una vez comprendida la experiencia, pude vivir el dolor realmente adulto desde el agradecimiento y el compromiso. Agradecer el haberla conocido para comprenderme tan profundamente y el compŕomiso conmigo mismo de quedarme con las cosas buenas, de comprender y perdonar las cosas malas y por sobre todas las cosas, entender que mi ego es solo una parte de mi y que necesitaba integrar todas las experiencias, mi luz y mi sombra (como dijera Jung) para poder generar la unidad.

Y entonces perdoné a mi ego, la perdoné y mantuve mi promesa.

Soy una persona de promesas. Una vez que pude unificar toda la experiencia, la aceptación y el agradecimiento se convirtieron en una riqueza interior que le permitió a otras personas entrar en mi vida y a mi, en mi ego y en mi alma, poder estar tranquilo por haber sobrevivido a esta apasionante e increible experiencia. A pesar de que ya la había perdonado, mantuve mi promesa de no volverla a buscar, no por ego, sino por aceptación conmigo mismo y porque siempre es importante el honor.

Posdata: nos encontramos casualmente en la calle algunas veces, nos miramos con gusto y nos abrazamos. Pero he mantenido la promesa, porque aunque nos vemos, lo cierto es que ya no somos los mismos. En estas cosas lo único que sobrevive al tiempo y al espacio es la esencia. Pero nosotros solo estamos ahí, en el pasado, donde está mi promesa y ella llorando con sus hermosos ojos café y su cabello mecido por el viento, mientras nos vamos sin un beso de despedida.

J. E. Medrano

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