Confesiones a un terapeuta que ya no está

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20 de octubre de 2018

He necesitado casi 6 meses para armarme de valor y volver a escribir, hoy tu ausencia sigue siendo tan dolorosa como el primer día, los momentos en los que te extraño se van acumulando y me inundan, no sé qué hacer sin ti, ¿en quien confiar?, ¿con quién contar?, ¿con quién compartir?, ¿quién será ahora mi cómplice? me haces mucha falta Rubén, te extraño mucho y no quiero estar sin ti.

Estaba en el aula de docentes cuando me enteré de la noticia, me llegó un mensaje que confirmaba tu muerte y yo sentí que contigo se moría un pedacito de mí.

No había querido escribir antes a pesar de necesitarlo tanto porque no quería decir que has muerto, que ya no estás aquí, que los cafés pendientes contigo seguirán siendo pendientes por el resto de mis días, que nunca visitarás mi casa, que no te encontraré en la tuya, que nunca iremos a Zipolite juntos ni volverás a contestar mis mensajes, eres algo tan grande en mi vida que cuando te vas no sé qué hacer sin ti. Me enseñaste a ir más allá de mis límites conocidos, y ahora que estoy en estos terrenos que me son nuevos me hace falta tu compañía.

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Ha pasado tanto desde tu partida que hoy se me ha juntado todo y ya no se ni por donde comenzar, me siento sola y perdida, tratando de entender los mensajes de alguna especie de brújula interna que me dice a dónde ir, sintiendo además que la brújula está descompuesta; mi desolación y desconsuelo son directamente proporcionales a lo maravilloso y amoroso de tu ser, así que sí, dueles demasiado Rubencito.

16 de abril de 2019

Ahora me doy cuenta que fueron necesarios otros seis meses para volver a hablar de ti, nunca antes me hubiera preguntado

¿y qué pasa cuando el terapeuta muere?

He leído titulares que anuncian artículos interesantes acerca de lo que ocurre cuando un terapeando se suicida, por ejemplo, cómo es el duelo del terapeuta y la serie de sentimientos y vivencias que esta tragedia podría generar, pero ¿y el terapeuta? ¿acaso no somos también mortales? estoy segura que jamás leí algún titular relacionado con este tema, hoy quiero confesarte que es lo que me ocurrió a mí.

La relación terapéutica tiene la característica de ser distinta a cualquier otra relación social, es un espacio de absoluta seguridad, en el que, en palabras de Rogers, podemos experimentar lo que es la “aceptación positiva incondicional”; puesto en otras palabras, es siempre una mirada de afirmación, no porque sea una especie de permiso, sino porque es el único espacio en el que una persona puede ser como es y contar con que será recibida por la otra, si a esto le sumamos que el terapeuta fuese Rubén Alberto Ibarra Ayala, la cosa se vuelve aún más profunda, quienes tuvieron la dicha de conocerlo estarán de acuerdo conmigo en que si algo caracterizaba a Rubén era esa capacidad infinita de entrega, de estar presente, de ser como es y ser capaz de recibir al otro, al menos eso fue lo que yo sentí cuando lo conocí como terapeuta, no había forma de no crear un vínculo profundo con él, y si acaso la había, yo nunca la conocí.

Pues bien, cuando Rubén falleció sentí un profundo vacío en el centro de mi ser, la esperanza de que alguien pudiera ser capaz de aceptarme de manera tan amorosa moría con él, lloré muchísimos días deseando poder escucharlo de nuevo, tocarlo, mostrarle lo que estaba haciendo y adentrarme en su maravillosa forma de ver el mundo y vivir la vida, era prácticamente como haber perdido el país de las maravillas, y lo peor de todo era sentir que me había hecho falta muchísimo tiempo para conocerlo bien.

Los días seguían pasando y yo cada vez me sentía más triste, pues la falta de algo que solo tenía con él se iba acumulando, lo más doloroso era descubrir que ante una situación como esta a quien recurriría seria precisamente a él.

Así que ahora me hallaba además con la tarea de encontrar a un terapeuta sustituto, tarea que por un lado me negaba a emprender y que sin embargo fui capaz de realizar a la perfección, pues si, cuando llegue a mi nueva relación terapéutica me convertí en aquella novia que abandonada por el viejo amor intenta encontrarlo nuevamente en una persona distinta, ¡pero eso no podía ser!, yo ya sabía que no era Rubén, aunque en el fondo deseaba que por lo menos se pareciera.

Cualquier persona en su sano juicio podrá decir, ¡Eso es lógico!, cada persona es única, no hay sustitutos, y bla, bla bla, ¡pues no! cuando se está dentro del dolor y la pérdida esto no se mira así. Es por esta razón que agradezco profundamente la gran cantidad de paciencia que mi terapeuta fue capaz de poner en la relación en ese momento, para acompañarme al darme cuenta de que efectivamente cuando alguien se va, de verdad se va, deja un hueco, un vacío, dolor, y un espacio que siempre será irremplazable, y es después de reconocerlo así, con esta cruda realidad, que yo fui capaz de continuar, llorando aun tu ausencia y gozando también de lo que el tiempo y la vida me permitieron conocer de ti.

Pues sí, cuando un terapeuta muere y más si hablamos de Rubén, nos deja tristes, sensibles, conmovidos, dolidos, asombrados, agradecidos, y nada de eso se va; por lo tanto, y como buenos consultantes nos queda el camino de la elección, de la consciencia y la responsabilidad, es así, en este camino que hoy escribo estas líneas, deseando que te lleguen hasta el cielo como una especie de humilde tributo y agradecimiento a lo que con tanto amor fuiste capaz de sembrar en mí, y es por esta misma razón que pongo el tema sobre la mesa, los terapeutas también somos mortales y por ello, estamos obligados a decirlo, estamos obligados a comentarlo con nuestros consultantes como parte de un nuevo encuadre terapéutico; abrir el tema de la propia muerte podría ser el pretexto para romper el tabú de que “de eso no se habla”, pues si bien la sexualidad es uno de los grandes tabús de nuestra cultura, la muerte sin duda también forma parte de esta categoría.

Agradezco que Rubén me haya permitido esa posibilidad, hablar de la muerte en primera persona fue reparador, gracias a ello y a su incondicional amor aprendí una de las más valiosas enseñanzas de vida, sí, aunque resulte paradójico, hablar de la muerte es hablar de la vida

así fue como aprendí a vivir con proyectos, no con pendientes.

Esa fue tu mayor enseñanza, y no por eso el proceso se vuelve menos doloroso. Ahora acepto mi dolor y acepto tu ausencia, te honro y te agradezco.

 

Con todo mi amor, para ti Rubén, hasta donde estés.

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